viernes, 3 de febrero de 2012

SUEÑO Y REALIDAD





«Tanto esfuerzo para olvidar sólo sirve para recordar mejor.»

La noche se ha hecho real, no quiero saber ni siquiera quien soy, acabo de volver, abro los ojos, y una pantalla de ordenador me pide que escriba. Mis dedos ejecutan movimientos y la pantalla blanca se va cubriendo de hormigas... Mi mirada desenfocada se pierde en una y entiendo el significado.
No sé si eran buenas otras épocas, no sé ni siquiera porqué me fui, ni en que momento me perdí. Sólo conozco el presente, del pasado tengo vagos recuerdos. Abro una carpeta, es una pista de MP3, comienza una música. Parecería una pieza de jazz de no ser por el rumor del mar. Acaba esa pieza y empieza otra de corte clásico, reconozco inmediatamente la melodía pero no la canta Sinatra, son dos voces: la de una mujer y la un hombre. Cantan en inglés, es una canción de amor. Vuelvo la cabeza y veo un perro negro jugando con una gata blanca a los pies de un hombre que lee un libro. Dejan de jugar, el gato se pierde y el perro viene hacia mí. Me mira mendigándome una caricia... Le llamo por su nombre y él se pone a beber. La gata sale de su escondite interrumpiéndole, Dean deja de beber para correr tras de Sol, inician una vez más su eterno juego. Otra canción, parece un tango. En efecto, uno moderno, casi podría ser un rap. Es «la revancha del tango». Tecleo al ritmo del bajo. Me paro y pienso, dónde estaré, qué paisaje veré si traspaso aquella puerta.
Suena un teléfono. Abres los ojos a otra realidad, una voz que reconozco y me da buenas vibraciones. Sonrío, no es la primera vez. Esta voz de mujer madura, sexy, seductivamente interesante, me anima a salir a cenar, una reunión para estar principalmente juntos. La cena es una excusa. ¿Necesitamos inventarnos motivos para reunirnos?
Repite ladrido el perro negro, reparo en la falta de agua, no tendré más remedio que levantarme y ver otra realidad ya. Acciono hacia arriba la palanca y sale un «chorro» de agua que corto cuando considero suficientemente lleno el recipiente azul del que bebe Dean.
Vuelvo frente a la pantalla del «Mac», es ya otro día... Hoy es lunes y pasa del mediodía. Recuerdo de repente el último sueño. Estaba en una habitación oscura, tenía la certeza de estar en mitad de una noche de perros, oía como la lluvia golpeaba en los cristales de la puerta que daba al balcón. Los pequeños cipreses se mecían con extremo ímpetu, pareciera que desearan levantar el vuelo. Una voz interrumpió mi placentera contemplación:
—«¿Estás despierto?» Y desperté. Abrí los ojos, ya no era la misma estancia del sueño, los cerré fuertemente deseando volver a contemplar los cipreses con el temor de que hubiesen iniciado el vuelo sin mí. Y volví, ahora me paseaba por la estancia con cuidado de no pisar a Dean. Me aproximé a la mesa blanca de estudio y palpando entre papeles encontré el tabaco que buscaba;  miré hacia el balconcito y reconocí cuatro macetas, eran las mismas en las que vivían los cuatro cipreses pero ahora contenían geranios en floración. Pensé en lo mucho que me gustaría tener unos cipreses que se dejaran mecer por el viento.
—«Mañana remodelaré el balconcito», me dije mientras encendía un «Fortuna».
¿Se sueña de la misma manera con el pasado que con el futuro? Los geranios existieron lo mismo que los cipreses pero ahora sólo puedo verlos si cierro los ojos; curiosa paradoja. Ahora soy consciente de que algunos entes sólo puedo verlos dejando caer mis párpados.
Una calada del cigarrillo y expulso el humo, lo devuelvo inconscientemente al cenicero fijándome en que se trata de uno de elaboración propia. Una sensación de vacío se instala en la boca de mi estómago; o no es un cigarro al uso o todavía no he comido, pueden darse los dos hechos a la vez... Se cierran mis párpados sin querer remediarlo. Me veo a mí mismo elaborando uno de mis particulares cigarrillos, el sol del mediodía me calienta el lado izquierdo del cuerpo. Miro mis pies dentro todavía de unas viejas zapatillas de felpa que un día fueron blancas, unas iniciales doradas bordadas: «H D». Son un recuerdo de unas vacaciones en Barcelona con Nacho, mi padre, mi amante, mi abogado, mi amigo. Las zapatillas perduran, pero Nacho se ha ido. Es mi segundo amor que se va, qué yo sepa, y de los dos tuve que enterarme por la prensa. ¡Ay mi Moncusí! Mi peluquero, y el de tantas «estrellas», era tan bueno como peluquero como lo fue como amante, pero yo no le di un «Goya» aunque sí unos pocos años de mi vida, la academia sí que se lo dio. Recuerdo ese día en el Palacio de Congresos, yo me bajé del taxi, apenas unas cuantas personas en la puerta, llegaba tarde, antes siempre llegaba tarde, ahora también pero porque la edad me ha hecho más lento, creo. En Madrid lo difícil era llegar puntual, allí estaba esperándome. Me echó una bronca!!! Dio igual, he seguido llegando tarde siempre, aunque sólo fueran cinco minutos, pero tarde a fin de cuentas. La gala iba pasando, mis primeros «Goyas», un joven de provincias y tan simple, todo lo era; años viendo a personas por televisión, algunas a las que adoraba y allí estaba yo entre ellos, sin ni siquiera sorprenderme, sólo me preocupaba que a Jesús se le pasara el enfado, le daba con mi rodilla a su rodilla, pero nada, que no me miraba, él no quería ni mirarme, prefería hacer los comentarios con su estúpido ayudante, que por cierto venía excesivamente altivo y «rococó», yo no le caía bien, él a mí tampoco. Menos mal que a mi lado se había sentado Gregorio, ¡era tan encantador! Años llevaban trabajando juntos, eran un tándem; como el premio al que optaban: maquillaje y peluquería. Gregorio me dijo -era listo-, con mucha ternura: —Ni caso, está atacado, en media hora ni se acuerda. Estás guapísimo.... el tío de barba no deja de mirarte, ¿le conoces? Y no, no le conocía pero efectivamente me miraba a mí. Estaba con una elegante mujer y él llevaba esmoquin, me sonrió… Bueno, luego Jesús me preguntó algo como si no hubiese pasado nada. Gregorio tenía razón. Era un cielo de amigo, tan sabio y cariñoso como una abuela. Y sí, les dieron el premio a los dos, y se lo merecían. Había sido la película del año, pero su director no estaba aunque sí todas sus chicas. En las copas posteriores, mientras les hacían fotos, nos hacían fotos, los artistas y premiados posaban yo no, yo me fui quedando al margen y me salvó el director de una galería de la que no recuerdo su nombre, ni el de él -casi sólo recuerdo el nombre de las personas a las que amé, por muy breve que fuera ese amor: cuando amo a alguien nunca dejo de hacerlo-, en fin, que como siempre hablo de una cosa y termino hablando de otra. Me centro, pero,  ¿de qué hablaba? Ah, sí!!! De Nacho, pues mientras hablaba con el «dandi» aquel, tan refinado, se me acerca el hombre de barba, grande de presencia y de cuerpo, con una amplia sonrisa, los ojos cansados y una voz profunda (un día le dije que podría ser actor de doblaje), va y nos suelta: —«Esto es lo mejor de los premios: las copas de después… ¿A dónde vais a ir? Seguro que necesitaréis un abogado…» Y nos da una tarjeta. El otro empezó a coquetear: —«¿Y por qué vamos a necesitar un abogado?» Él esperaba esa pregunta, pero no mi comentario pisando casi la pregunta del repipi galerista: —«Pues la verdad es que llevo días buscando un abogado, te llamaré. Soy Miguel Je» Y le tendí mi mano, pero él me dio dos besos…  Ay Nacho, Nacho... ¡¡¡Qué bien lo hemos pasado!!! 
Recuerdos y más recuerdos; todos con la misma intención de atrapar momentos para siempre. Soy un coleccionista de buenos momentos. Los persigo, los planifico, me los invento y cuando lo consigo rescato algún objeto, otras veces hago fotos que algún día miro y me digo:—«¡Aquí era feliz!».
Esa cierta bipolaridad, con la que todos nacemos y que yo mantengo y acepto me hace ser así. Y seguiré acumulan recuerdos de los buenos momentos porque no sé cuanto durarán, de esta forma cuando entro en el «bajón» sé que también terminará.
(c) Miguel Je 2013

miércoles, 1 de febrero de 2012

BUENAS INTENCIONES


«No soy como ellos pero puedo aparentarlo
El sol se ha puesto pero tengo una luz
El día se ha acabado pero me estoy divirtiendo
Creo que soy tonto o quizá sólo sea feliz
Creo que soy feliz …»

Años después de haber sido sido editado ayer volví a comprarlo y no puedo dejar de escucharlo. Si estoy fuera de casa me sorprendo tarareando alguna de sus diez canciones, ahora mismo ha comenzado a sonar la ocho: “Deus”, tiene un no sé qué que me hace sentir como cuando tenía veinte años, me recuerda a un íntimo concierto en una de las noches compostelanas... Uhm, mi época en Santiago… Cierro los ojos mientras mis rodillas siguen el ritmo de una de mis favoritas del «Life's too you» de  The Sugar Cubes, siento como si intentara recordar una película, el recuerdo es misteriosamente como el de una película gastada, incluso en blanco y negro, pero sugerentemente erótica y sexual, muy excitante. Fueron, sin embargo, unos años que no cambiaría por nada, fueron esos años curiosamente donde sentí la alegría de la libertad por primera vez y por tanto un grato sentimiento asociado que ha quedado grabado en mi memoria. Me recuerdo, sobretodo, ilusionado; esperándolo todo de la vida, seguro de que estaba haciendo lo correcto y repleto de buenas intenciones. Éramos capaces de soñar en un bar tan frío como la piedra de sus paredes, estoy pensando concretamente en el Modus Vivendi. De qué manera pueden permanecer todavía en mi recuerdo tantas noches consumidas en lo que antaño había sido un establo, tan recio que aún conservaba los grandes comederos de granito reconvertidos en mesas sobre las que reposaban nuestras bebidas mientras divagábamos sobre el futuro, un futuro que ya se hizo presente sin que nadie de mis amores de entonces me acompañe. Sé lo que ha sido de Charo, mi primer y gran amor: felizmente casada, con dos maravillosos hijos y abogada. Ella trabaja de funcionaria interina en un juzgado del Ferrol y vive en la nostálgica ciudad de La Coruña. De igual manera sé lo que fue de otros de mis grandes amores: Manolo Allué, viviendo entre su adorada Tarragona y Nueva York siguiendo relacionado como siempre con el arte contemporáneo: pintando y vendiendo. Añoro de manera especial que ellos no sientan la misma necesidad de saber de mí. Curiosamente fue en el minúsculo aseo del Modus donde Allué me dio a probar mi primera raya de cocaina allá por el invierno del 86, hace ya casi veinticinco años. Será por esa agradable experiencia el motivo por el que muy de vez en cuando rememoro aquella ceremonia profana aspirando ese polvo blanco hasta la mitad del cerebro. 
Recuerdo con especial ternura una noche en la que lloraba en la cama calentitos, acurrucado junto a mi niña, de pura felicidad, me sentía inmensamente querido por ella y por Manolo, ellos dos eran todo lo que necesitaba. Un día me vi en la tesitura de elegir entre ambos y a pesar del mucho dolor que me produjo y de lo maravilloso que me las prometía Allué me decanté por Charo, les quería a los dos pero (yo y los peros) él me había dado un ultimatum y eso no me gustó ni un ápice, así que volví a A Coruña corriendo -bueno, en tren- con mi «gominolita». Ay, mi niña, lo que te echo de menos!!! A ti y a Fernandito, porque lo considero también parte de mí. Tú me lo diste todo, y yo casi, todo lo que era capaz de darte, por darte te di también lo malo y millones de disgustos, pero ahí estabas, siempre dispuesta  a comprenderme, siempre adorándome, yo también lo hacía y lo sigo haciendo, aunque no te lo imagines; no me hace falta. ¡Cuántas veces hablo contigo! ¡Cuántas veces te escribo! No me olvido nunca de nuestras fechas: el día de nuestro primer gran beso, un catorce de Abril después de salir, precisamente, del Modus. Sí, nos besamos, nos dimos la mano y nunca te la solté, yo nunca me separé de ti y tú… Bueno, tú, tú sí porque yo te apretaba tanto que te hacía daño, pero siento tus caricias, sé que alguna vez me sigues acariciando. ¿Cómo lo sé te preguntarías? Pues muy sencillo, siempre pienso que con tu poder y el de tu madre, y el de Allué y quizás el de Fernando os encargasteis de hacer que en mi vida apareciera una persona que lo tuviese todo para llenarme. Es igual que tú con pinceladas de Manolo, que se encargó de que tuviera unos ojos azul mediterráneo -era muy bueno haciendo colores- y  ¡tanta sabiduría! No me queda más remedio que admirarle. Lo tiene todo: tu bondad, vuestra belleza interior, tu capacidad de amar y soportar mis manías si límite… Es mi amante, mi amigo y mi marido. 
En fin, que la vida se encargó de que los tres tomáramos un día caminos diferentes y así vivimos, cada uno en un extremo del país. Charo mirando al Atlántico y los chicos a la vera del Mediterráneo, más cerca de aquel sueño de poner un chiringuito en su orilla. 
Unos años vividos en Compostela en los que estudié Biología, pero por encima de todo aprendí a vivir y a disfrutar con la vida. Era la persona más risueña de la ciudad, a veces aún sigo sonriendo pero no tan alegremente. Santiago no llegó a borrarme la sonrisa pero Madrid sí lo consiguió, allí se me heló el corazón; claro, por eso ahora vivo junto al Mediterráneo, esperando el deshielo.
Las buenas intenciones surgidas y alimentadas en Santiago se fueron perdiendo en Madrid donde a la fuerza me hice adulto. Todavía tengo miedo y ese miedo es el que me impide disfrutar plenamente de la estupenda vida que tengo, incluso a veces pienso que no hice tanto como para merecérmela, pero es lo que tengo y soy casi feliz, por aquello de dejar la posibilidad de mejora.
(c)Miguel Je 2012

martes, 31 de enero de 2012

SEXO Y SOLEDAD


  





«Hacer el amor produce una satisfacción menos efímera que follar.»

En innumerables ocasiones paliamos el sufrimiento que nos produce el sentimiento de soledad zambuyéndonos de lleno en el sexo puro y duro. Todos hemos comprobado alguna vez que en cuanto llegamos al orgasmo aparece un vacío tan grande y difícil de reparar que hace que nos lanzemos inmediatamente a otra aventura, equivocándonos de remedio e incrementando aún más el sentimiento de soledad. La soledad no se cura con sexo y sí con la ternura de la amistad, en definitiva se cura con amor. Pero cierto es que en alguna que otra ocasión el amor pudo haber surgido del sexo más crudo. Si la soledad se cura con amor amándonos a nosotros mismos también podemos curarnos. Queriéndonos día a día un poco más acabaremos por encontrar a alguien con quien compartir nuestro amor. El sexo con amor es algo sublime, es de los mayores placeres que los hombres podemos saborear. El incremento de energía que se experimenta al hacer el amor es algo increíble por eso cuando no estamos enamorados buscamos el sexo equivocadamente para sentirnos mejor en vez de buscar el amor.
Cuando amamos y nos sentimos correspondidos nos sentimos con fuerza para afrontar cualquier contratiempo, desaparece de nosotros el miedo. De todos modos el amor debe empezar siempre por uno mismo.
Recuerdo épocas en las que la soledad era tan patente en mi vida que buscaba en el sexo una salida y llegué a volverme un adicto. El sexo puede también ser una droga en la que nos refugiamos en momentos de baja energía convirtiéndonos en adictos y como tal llegamos a ser enfermos llegando a rechazar incluso el amor. Un adicto al sexo vive más cómodamente en soledad, es normal que se ayude de otras drogas para poder tener un mayor número de contactos placenteros, suelen ser drogas que influyen en la resistencia y en la desinhibición. Como toda adicción produce un desequilibrio en la persona que le puede llevar a descubrir facetas de la personalidad desconocidas hasta entonces. Toda persona en su sano juicio que pase por este proceso intuye que hay algo que no funciona pero es probable que no logre salir de ese círculo por si misma. El primer paso para vencer el estado de enfermedad es darse cuenta de que el camino que estamos siguiendo no es el que deseábamos. 
Vivir sin adicciones y con amor es lo que deberíamos desear alcanzar, vivir en equilibrio es lo que yo quiero para mí.
©Miguel Je 2012

sábado, 28 de enero de 2012

LAS PIEDRAS TAMBIÉN LLORAN




«Y cuando nosotros ya no estemos, ellas seguirán aquí, con los pies en el suelo y rodando por el tiempo como las buenas canciones.»

Tengo una gran empatía con todo tipo de piedras desde muy pequeño; es rara la vez que voy a pasear o la playa y no vuelvo con alguna que otra piedra en el bolsillo o en la mano. Me enamoro de ellas tan fácilmente, son flechazos totalmente satisfactorios, ellas se dejan querer, acariciar y alguna que otra vez han sido testigos pacientes de mis lágrimas dejando que éstas resbalen por su superficie. Si te acercas a mi casa podrás ver a mis amantes pétreos reposando en sus lugares tranquilamente inmóviles, que no inertes. Cada una tiene su historia, todas mi afecto, alguna, por qué no, mi devoción.
Hoy estuvimos en la playa del Paraíso y me traje dos; una pequeña y suave al tacto, la otra de color ocre, porosa pero también suave y más grande. La pequeña se la regalé a Dean y como bien dicen que los perros se parecen a sus amos, el mío las adora. Empezó a mover el rabo rítmicamente nada mas ver su joyita, que inmediatamente atrapó entre sus dientes para llevarla a su alfombra y empezar a lamerla. Cada piedra que le regalo la examina minuciosamente, tanta es la información que de ellas obtiene que acaba por quedarse dormido y seguro que soñando con el lugar de donde la he traído. Si para él las piedras son como cuentos para mí ejercen más de pastillas relajantes, y alguna que otra vez energéticas.
Muchas veces me he preguntado a qué es debida la atracción que existe por coger piedras y tirarlas con más o menos fuerza al mar, a un río o simplemente hacia el horizonte; yo soy uno de los muchos que no pueden resistirse a hacerlo. Cojo una, la que más me atrae, la sobo con ganas, pienso en algo que verdaderamente me duela, la aprieto tanto en mi mano como si quisiera estrujarla, y en alguna ocasión me la paso por el corazón o la beso antes de tirarla con toda mis fuerzas.
Hecho este análisis creo que yo al menos utilizo las piedras como una terapia, para relajarme, para curar dolores físicos o psíquicos (sobretodo para quitarme la angustia) y a veces también pido algún deseo, haciéndola cómplice de mi frustración. Hasta ahora nada me resulta extraño, es bien sabido que la mayoría de los talismanes son o han sido piedras y no siempre preciosas. Cuando alguien toca una piedra ya le está aplicando un tipo de energía, cuando el mar la moja, cuando el viento la limpia, cuando choca con otras... Continuamente se están produciendo transformaciones de energía en ellas, todas tienen un mismo destino convertirse en arena y hacia él avanzan irremediablemente. Si nos vamos más allá de la arena no es acaso polvo el final de su camino, y es ahí donde nuestras finalidades se entroncan pues nuestro destino físico es el mismo. He oído decir muchas veces aquello de «si las piedras hablasen» y un día, posiblemente en la primera clase de geología, Pepote (el profesor) nos dijo que las piedras hablaban y nos explicó, además, el porqué de ese dicho. Ellas son como libros abiertos en los que quedan registrados innumerables datos históricos.
Junto con los libros, fotografías y cuadros están mis otros testigos de una vida andada y viajera: piedras que no he tirado, recordatorios de lugares, de países, de amores, en definitiva no son más que testigos de momentos petrificados.
Hubo una vez alguien que me quería y regresando de un viaje al norte me dijo que me había traído un regalo y sacó un canto rodado con forma de corazón, tal fue mi emoción que las lágrimas que llevaban mucho tiempo sin limpiar mis ojos salieron resbalando por las mejillas hasta estrellarse con el corazón de piedra y por él se deslizó alcanzando la palma de mi mano que lo sostenía. Ese corazón de piedra se perdió en mi último traslado y hace unas semanas lo recordé echándolo de menos, pues ese mismo día estando en la playa del Paraíso me dijo Manuel:
 —«¡Toma, un regalo!» Volvió su mano abriéndola para aparecer en ella un corazón idéntico al perdido. Esta vez el canto rodado no era cantábrico sino mediterráneo. Me alegré, pero esta vez el corazón permaneció tan seco y caliente como estaba. Pensando me quedé mientras guardaba el corazón de piedra en la mochila, ...
Corazón de piedra... Corazón perdido... Corazón dolido... Le di un beso a Manuel y le conté la historia del otro corazón. Al poco rato empezó a llover y todas las piedras lloraron a la vez. Siento no habernos quedado para ver como se lavaban.
(Con todo mi amor para Fernando M. G.)
©Miguel Je 2012

martes, 24 de enero de 2012

LAS LLAVES ROJAS


Palacete de Miguel Maura en la plaza Rubén Darío

Al final de una tarde de finales de Otoño, Miguel subía las escaleras de la boca del metro de Rubén Darío. Estaba tranquilo y todavía un poco soñoliento. La noche anterior había sido muy larga, vulgar y desilusionante. El sol de poniente le cegó. Se buscó las gafas oscuras, dándose cuenta de que las había olvidado. Distraídamente miró el reloj. Por una vez se había adelantado a la cita con Eduardo: un amigo al que, casi sólo, le unía el juego de inventarse historias, quitándose la palabra de la boca el uno al otro a mitad de una frase, sin tener nunca la idea de propiedad y llegando a olvidarse, incluso, de quién había sido la primera frase de la narración.
Juntos solían andar sin dirección precisa al tiempo que inventaban sus relatos; acariciando periódicamente la idea de que un día una de esas historias dejara de serlo para sustituir a la realidad; que, sin mencionarlo, era lo que ambos más deseaban. De ahí el usar la imaginación, a veces, hasta extremos absurdos y barrocos.

Mientras esperaba a Eduardo, Miguel se sentó en el respaldo de un banco mirando al vertiginoso cielo sangrante, al que amenazaba un azul oscurísimo, casi negro, que avanzaba por encima de él. Era tan hipnótico el milenario espectáculo de la luz luchando con las sombras, que había olvidado la misma cita con Eduardo.
Este llegaría por la Calle Miguel Ángel. El sol se ponía, irremediablemente, por el principio del Paseo del Cisne y Miguel, no podía apartar su vista de las últimas y rapidísimas evoluciones de los vencejos por encima de la castiza iglesia de San Fermín de los Navarros. Los chillidos de los vencejos le hicieron recuperar la realidad volviéndose hacia el principio de la Calle Miguel Ángel. Eduardo aún no daba señales de vida. Al volver la cabeza sus ojos quedaron atrapados por un intenso color rojo, se agachó sobre el asiento para ver qué era ese resplandor rojizo, descubriendo dos llaves. Las observó unos minutos antes de atreverse a cogerlas. Hubieran sido dos llavines comunes de no ser por el brillo y el color, un rojo vivo, un rojo intenso que no parecía pintura, ni esmalte y era, en realidad, el propio material del que estaban hechas. Al “agarrarlas” le parecieron objetos sin peso, delicadamente tibias, singularmente suaves, limpias de cualquier marca de fábrica. Las mismas muescas eran amables al tacto. Tan abstraído estaba en la observación y el análisis, que la mano de Eduardo en su espalda tardó en sentirla.
—¡Por una vez te ha tocado esperar, eh! ¿Qué es eso?
—Dos llaves. (Haciendo un movimiento de ojos, mira a Eduardo y baja la vista a las llaves)
—¿De dónde salen?
—Estaban ahí encima (señalando el sitio exacto ), en el banco, las acabo de ver. Fíjate qué extrañas.
Eduardo las vuelve a mirar y se encoge de hombros, sonríe.
—¡Tócalas! 
Dijo Miguel, tendiéndoselas, con un escalofrío. 
—¡Están calientes!
Exclamó sorprendido, como si le hubiesen quemado, para
soltarlas instantáneamente. Se acababan de encender las farolas de la plaza: tardando unos minutos en
pasar del blanco rosáceo al naranja sucio del alumbrado urbano. Las primeras luces en las ventanas de las casas delataban demasiado la soledad de las calles a esa hora tan imprecisa. Miguel empezó a mirar las fachadas pensativo. Su imaginación trataba de desperezarse tras la fascinación producida por el descubrimiento de las llaves rojas.
—¡Qué calientes están! -insistió Eduardo-. ¡Parece que quisieran refrescarse en una cerradura!
—Me parece que estamos pensando en lo mismo. 
Dijo Miguel, sonriéndose después de mirarle con unos ojos alegres que iluminaban su cara por primera vez en el día.
Echaron a andar hacia la calle Almagro, quitándose una vez más la palabra el uno al otro intentando encontrar el hilo de la historia, alrededor del cual podrían estar varias horas añadiendo y quitando los fragmentos que al final la dejarían en pie; definitiva, archivada, capaz de ser reconocida por ambos y ya no susceptible de cambios ni modificaciones.
—Este llavín abre un portal y éste un piso-. Dijo Miguel. ¡Di un número! ¡Rápido! ¡Dime un número!
Eduardo dijo un número. Cruzaron la calle sin parar de reírse esquivando el único coche que circulaba en ese momento obligándole a frenar: ¡era el número de aquel portal! Ninguno de los dos pararía de hablar si no fuera porque misteriosamente aquella llave lo abrió. La casualidad resultaba demasiado evidente, casi absurda; pero el portal se abrió.
Era un portal repleto de ojos y pies: inmóviles por miedo a despertar, lo que parecía un sueño.
—Ahora dime un piso. 
Le dijo Miguel en un gesto de complicidad. 
—¡El último!
Contestó inmediatamente. 
—¡El ático! 
—¿Derecha o izquierda? 
—¡No hay más que uno!
La seguridad de la respuesta de Eduardo y el posterior silencio pareció quitarles la risa... y la sonrisa.
El viejo ascensor subió despacio rompiendo el silencio sepulcral existente sintiéndose uno más con ellos. Llegaron al ático en medio de un estruendo demasiado
aterrador que no hizo más que aumentar su impaciencia. Abrieron entre los dos las estrechas puertas, pero Eduardo le dejó salir primero. Miguel vio y vaciló. Fue entonces cuando Eduardo se le adelantó...
—Dame el otro llavín y cierra el ascensor. 
Dijo Eduardo, con un tono de reproche.
Lo introdujo con seguridad y aplomo, giró y la puerta se abrió sin ruido. Encendieron la luz de un vestíbulo cegadormente blanco, con dos espejos sobre una mesa de media circunferencia, sobre la que descansaban dos pequeñas bandejas de plata limpias y deslumbrantes.
—¡Estoy seco! ¿Quieres beber tú algo?
Dijo ya abriendo la puerta izquierda. 
—Sí, tráeme agua. ¡Me estoy meando!
 Y se fue por la otra puerta.
En unos minutos volvieron a reunirse en el vestíbulo. Al encontrarse, ambos parecían extremadamente cansados, pálidos en la luz dorada de aquella habitación blanca.
—Me siento agotado... Me voy a la cama. (Ofreciéndole el vaso de agua) Eduardo se bebió el vaso de agua de un solo trago para dejarlo luego sobre una de las dos bandejas. 
—Sí. Vámonos a dormir, yo también estoy muerto.
Fue decir esta palabra y los dos se echaron a reír, mientras ambos se dirigían ya hacia el dormitorio principal. Se acostaron en la cama después de desnudarse y dejar cada uno su ropa en gemelas descalzadoras.
—Hemos dejado encendidas las luces del vestíbulo...
Dijo Eduardo quedándose dormido, sin notar que Miguel ya lo estaba.
La temprana luz del sol, entrando por los visillos, despertó a Miguel. Se volvió hacia el interior intentando recuperar el sueño con los ojos entrecerrados. Una sorpresa que, lentamente parecía cobrar demasiada realidad, le obligó a abrirlos, para ver con toda nitidez una larga cabellera rubia sobre la almohada. Lentamente, el cuerpo a su lado, se volvió hacia él y en una cara de mujer, totalmente lavada, Miguel contempló el espanto con el que le miraba.
—¿Quién eres tú? ¿Cómo has entrado? 
—¿...Y Miguel? 
Preguntó una voz femenina desde la boca de la mujer. 
—¡Yo soy Miguel! ¿...Y tú quién eres?
Preguntó una voz masculina que no era la de Miguel y que él mismo no reconoció. 
—¿Qué es lo que pasa aquí? Yo soy Eduardo pero, esta no es mi voz ni tampoco la tuya, ni eres tú... Y tengo el pelo largo... (Dijo tocándoselo, pasando los dedos por un mechón desde la raíz hasta las puntas, al tiempo que empezaba a llorar repitiendo: 
—¿Qué pasa aquí, qué pasa Dios?
Se levantaron simultáneamente, muy despacio hasta ponerse delante del espejo, para contemplar horrorizados a una pareja que nunca habían visto. Eduardo volvió hasta la cama, mecánicamente se tapó con la sábana y miró a la mesilla de noche. Sin separar los labios y con un gesto tembloroso de la mano llamó a Miguel y le enseñó un retrato enmarcado en plata. Desde el centro de un banco, en la plaza de Rubén Darío, miraban sonrientes a la cámara el hombre y la mujer que eran ellos mismos ahora.

EPÍLOGO

A ESA HORA, PRECISA, MUY CERCA DE ALLÍ, EN EL TIEMPO DE LOS RELOJES Y LAS HORAS CIERTAS, UNA ADOLESCENTE SE SENTABA EN EL MISMO BANCO DE LA PLAZA DE RUBÉN DARÍO, RECOGÍA DE SUELO, PORQUE LAS HABÍA TIRADO CON LA FALDA, UN PAR DE LLAVES ROJAS, QUE SU NOVIO, AL LLEGAR, LE QUITABA, RIÉNDOSE, DE LA MANO.

viernes, 20 de enero de 2012

LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA


«Llorar no me hace daño, siempre y cuando tú no llores» (Melendi)

Acabo de ver el primer almendro en flor... ¡Claro! Estamos ya a finales de Enero y esto se repite cada año, por suerte éste también, de igual modo que vendrá la primavera cuando se pase el invierno, como tras la noche viene el día, porque la Tierra gira, y lo hace por duplicado: alrededor del sol y sobre si misma. Nosotros giramos con ella, ni lo notamos, estamos acostumbrados ya que lo hacemos desde la gestación, pero a otros giros ya no tanto. Y hartos estamos de saber que todo vuelve, puede que con distinta fuerza pues nunca es igual, ni siquiera nosotros lo somos. Cambiamos cada día, qué digo, cada segundo. Nuestras células se renuevan, nuestros intereses cambian, o no. Hay intereses que han permanecido de generación en generación. Por ejemplo el ansia de poder, quién más cerca vive del poder más probabilidad tendrá de querer ser poderoso. Siempre ha habido dominadores y sometidos. Con el paso de los años y después de mucha lucha del pueblo obrero se fueron igualando las distancias, incluso un día todos nos sentimos poderosos, queríamos algo y con un rápido crédito lo teníamos. Los trabajadores nos sentíamos trabajadores y protegidos. Pero todo vuelve, no? La esclavitud nos queda ya más cerca. Cuántas crisis he conocido ya? Esta parece la peor, es en la que ahora estamos inmersos, claro. Todo cambia y a un ritmo trepidante, es como si hubiéramos tomado una curva que nos devuelve por un atajo hacia el punto de partida, el paisaje lo conocemos pero nos parece diferente porque lo vemos desde otro punto de vista. De repente una noticia y una foto me hace ver y pensar. Me apena, me cabrea… Pero siempre sale otra para atenuar, que no es que me cabree es que me subleva. Las dos noticias son de la tierra en la que vivo. Saber que hay varios colegios públicos que están sin luz por impago y que sus alumnos asisten a las clases arropados con abrigos y hasta con mantas me duele también. Alguna vez he pasado frío en clase, y calor, y nos hemos quedado sin luz, pero por una avería. Incluso en mis primeros años de colegio recuerdo estufas catalíticas en cada aula. Ahora pasamos de todo a nada. Cuando hacía calor abríamos la ventanas, no había aire acondicionado. Nuestra vida fue mejorando y con ello todos los servicios. Pero los servicios públicos empiezan a desmoronarse, comenzando a sentirse ya, cómo no, por los más débiles primero. El señor Fabra (protagonista de la otra noticia), ex alcalde de Castellón, el abuelo que tiene un aeropuerto para pasear con sus nietos inaugurará próximamente una escultura faraónica de su cabeza, con cuatro caras (importante por lo del punto de vista), de la que sale un avión para más «inri», en una de las glorietas de acceso al humillado «aeropuerto». Eso vale un pastón, entre el mal gusto y el mal gasto el caso es que por ahí sigue haciéndose el beato y diciendo que es inocente. Inocente, sí, por eso le ponen una fianza de millones que bate el record. Es indignante, pero lo es también que nadie le exija responsabilidades por malversación de fondos públicos. Sin embargo la directora de uno de los institutos sin calefacción no le faltaron escrúpulos en expulsar a un alumno que hizo una foto de la clase con sus compañeros y la colgó en «facebook». Le expulsa por varios días, por revelar secretos... de estado? Si la noticia era ya mala, las muchas lecturas lo son aún más.

Nos inundan cada día preparándonos para lo peor, ah, pero todavía puede ser peor. Me escribía un amigo, él sabe quién es, algo así como que nos dejaremos chupar la sangre hasta que «ellos» quieran, se refería a los españoles. Pues eso parece. Todo está tranquilo y no lo entiendo. Ya no nos importa nada hasta que no nos toca o hemos perdido las ganas de luchas. Este sistema está muerto desde hace muchos años pero hace falta darle la puntilla. El Humanismo sería el motor de un cambio de sistema.  

martes, 17 de enero de 2012

GRACIAS




«Sereno ante la puerta qué algún día traspasaré, porque ya sé vencer al destino.»


Hace apenas unos días, y por un muy desagradable motivo, tuvimos que emprender un viaje atravesando el país de Este a Oeste. Una noche para ir y otra para volver y entre ellas, tres días en Galicia, concretamente en Lugo. Mucho tiempo para pensar, para observar y para experimentar nuevos sentimientos provocados por situaciones no vividas con anterioridad. Ahora empiezo a sedimentar todo lo ocurrido en las primeras semanas del nuevo año. Me llama la atención haber comprobado que Galicia sigue siendo diferente, en concreto sus gentes, la solidaridad que persiste en sus pueblos, es como si ellos no hubieran perdido todavía ni una pizca de humanidad. Habrá de todo, como en todas partes, pero cierto es que sólo he visto en todas las personas con las que he tratado ternura, solidaridad y apoyo. Lo mismo he percibido entre mis pocos amigos de aquí, en el Este y entre mis amigos «facebookeros». ¡Gracias a todos!

Ya desde hace mucho soy consciente de que la vida puede pegar un giro en un segundo y sin previo aviso. Da igual que todo se intente hacer bien y que pongamos todos nuestros sentidos en aquello que hacemos siempre puede escapársenos algo a nuestro control. Pero del mismo modo también sé que el ser humano es capaz de soportar todos estos «giros inesperados»; somos capaces de levantarnos ante una gran caída o de soportar dolores impensables. Tampoco me olvido de que somos seres sociables. Cuando algo va mal, la ayuda de los demás nos hace más llevaderos los reveses. Todo compartido resulta más fácil.

En todos estos días ni por un momento me sentí solo ante la desgracia que supone el perder a un ser querido y allegado como lo era mi madre, y encima de la manera que sucedió, convirtiéndose en una tragedia antes ya del terrible desenlace. Es jodido aceptar que tu propia madre se haya muerto de hipotermia en pleno siglo XXI donde se supone que la tecnología lo puede todo y a pesar de llevar un móvil en el bolso no fue posible localizar la señal más concretamente. En pleno centro de la ciudad y por culpa de un resbalón en una pequeña rampa que termina en unos arbustos que disimulan un pequeño terraplén de poco más de dos metros (insuficiente protección, los arbustos, para esos peligrosos metros y más si se tiene en cuenta que esa rampa limita con un pequeño parque infantil con diversos juegos) cayó sobre las zarzas que tapizaban la base, pero al querer incorporarse y por la oscuridad de la noche se apoyó en la valla que delimitaba una obra contigua sin percatarse de que esta tenía un agujero (por no llegar unas cuantas tablas hasta la base) colándose por el, cayendo a los cimientos de hormigón del edificio en construcción. Por mucho que gritara, si es que tuvo fuerzas para hacerlo, nadie pasaba por allí a esa horas, es invierno. Seguramente se fue durmiendo y el intenso frío de ese noche no le permitió ver ni siquiera el amanecer.

Desde el último día del año y hasta el mediodía del diez de enero estuvo desaparecida, siendo descubierta por casualidad, puesto que la obra se paró por las «fiestas navideñas» y aún no se había reiniciado. Pero esa mañana un obrero fue a buscar una herramienta y desde las alturas en la parte ya levantada la vio. Durante esos días la buscaron por toda la ciudad, centrándose más al principio en un área exterior marcada por la señal de su móvil. En ese mismo lugar mis hermanas y sobrinas pasaron varias veces llamando al móvil y no escucharon nada, tampoco repararon en la obra al verla toda vallada con tablones de madera desde el suelo cerrando todo el perímetro. Toda una serie de pasos desgraciados que llevaron al inevitable desenlace.

La última vez que hablamos, no sé el porqué, ella sacó el tema de la muerte y nos comentó que estaba preparada para ese trance aunque no tenía ninguna prisa. Simplemente era realista y decía que lo tenía todo preparado «por si acaso», una expresión muy suya. Había cumplido el cuatro de Noviembre ochenta y dos años y también curiosamente fue la primera vez que olvidé su cumpleaños. Pensaba ir a verla en Navidad pero por ciertos problemas decidí dejarlo para más adelante, todo iba bien… Así fue, pero por desgracia demasiado tarde. Ella quería morirse de golpe, dormir y no despertar, incluso dijo que de un accidente, y no era para no sufrir era para no hacernos pasar una agonía retrasando lo inevitable. Pues sí, se murió de un trágico accidente, bueno todos lo son, pero para nosotros fue una larga agonía. Su carita tenía una expresión de paz; por lo que creo que haber podido verla, a pesar de llevar doce días sin vida y estar sin maquillar, me tranquilizó. Esa angelical expresión sin un ápice de sufrimiento me llenó de paz.

Hay que tener cuidado con lo que se desea pues se te puede conceder, pero hemos de tener en cuenta que puede que el proceso para alcanzarlo no nos guste tanto.

Quería que la enterraran cuanto antes, quería una sencilla ceremonia sin coronas ni flores (y eso que las flores siempre le encantaron). Ella decía: — «las flores las quiero en vida». Odiaba las coronas y las caja fúnebres. Pues allí estaba ella en una típica caja y rodeada de coronas y ramos de muertos con sus tétricas cintas y sus típicos lemas… Yo también odio todo esto. Quería el nicho de arriba, pues fue al de abajo aunque decía que ese era muy húmedo. Decía que con un cura tenía de sobra, pues tuvo seis. Plañideras sí que no hicieron falta pues todos llorábamos, unos por dentro y otros exteriorizando sin pudor el sentimiento de pena.

Yo no pienso elucubrar con mi muerte, que sea cuando y como sea, que hagan conmigo lo que les de la gana. Qué más me da, si al final es lo que pasa. Hay quien pide que su funeral sea una fiesta pero luego a sus allegados no les sale, y a tus enemigos ya la iban a hacer! Yo también soy de los que quieren flores en vida pero lo dicho, qué más da ya. Ella en apenas dos horas que duró el evento se quedó sola, tan solo las puñeteras flores la acompañaban, a ella y a todos sus demás vecinos. Yo también me fui, pero antes de regresar al este, al día siguiente, fuimos a despedirnos y no sé porqué le robé una rosa blanca. De repente me sentí como cuando le sisaba de la cartera para comprar cigarrillos. Seguro que le hizo gracia, yo también sonreí. ¡Siempre fuimos muy cómplices!

miércoles, 4 de enero de 2012

SIN NOTICIAS DE MI MADRE



«Las personas no son sino simples espejos donde poder reflejar tu alegría o tu tristeza.
A ti te toca elegir.»

Nunca he tenido dificultad para escribir sobre mis sentimientos ante la vida. Pienso, incluso, en el beneficio que me ha producido hasta ahora la afición a relatar mis experiencias regularmente desde antes incluso de la adolescencia. Sin embargo hoy soy consciente de que todavía tengo problemas al enfrentarme a una hoja en blanco para «hablar» de mi familia más directa, dejo pasar minutos y minutos sin lograr que salga ni una «hormiga». De pequeño decía que los libros estaban llenos de hormigas, de pequeño decían que tenía demasiada imaginación. Mi madre era, precisamente la que más se quejaba de mi exceso de imaginación, pero también se quejaba de mis ocurrencias que siempre acababan en desastres para ella. Nos hemos querido mucho, pero también odiado. Crecí a su lado y pasados los dieciocho nos separamos. Ahora son muchos más los años separados, pero siempre con visitas y contacto telefónico, y antes alguna que otra carta. Nos vimos por última vez en Abril, estaba aparentemente feliz pero noté menos fuerza en sus ojos... ¡La edad, qué acaba por hacer mella! Fue una mujer que no eligió en ningún momento el camino fácil, se saltó las normas desde muy joven casándose antes de cumplir los dieciocho con un chico mayor que ella al que mi abuelo nunca llegó a tragar. Dejó el pueblo y montaron un negocio pero los contratiempos hicieron que un día lo dejara todo para irse a trabajar a Londres ella sola, en aquellos tiempos, en el sesenta y cuatro, yo tenía tres meses de vida y me quedé con mi padre y mis dos hermanas... Es una mujer moderna, siempre lo fue, siempre consiguió lo que se proponía, nunca ha dejado de ser la protagonista, y ahora lo es más que nunca. Ha sido capaz de hacerme experimentar la más dura y extraña sensación. La experiencia de ver su foto en un telediario, de tocarla en la portada del periódico de su ciudad, no sé si seré capaz de describirla. La primera vez, en el informativo de LaSexta, no pude contener las lágrimas; un escalofrío me recorrió el cuerpo como si de un relámpago se tratara y empecé a tiritar. Soy conocedor de su desaparición desde el último día del año, casi veinticuatro horas desde que se le echó en falta, pero a pesar de ello verla en la TV como protagonista de una noticia de sucesos impacta y me hace recordar todas las veces que viví noticias parecidas e imaginaba cómo lo estarían pasando sus seres queridos, pues ya no tengo que imaginar más, ya conozco lo que se siente pero no sé si sabré describirlo. Cuando tuve conocimiento por mi sobrina Patricia de lo ocurrido me desmoroné pero cuando vi la noticia en el informativo algo se rompió en mi interior más íntimo, diría que en el alma, no de golpe, lentamente. Me quedé poco a poco sin energía, como una rueda que se pincha pero sigue rodando cada vez más despacio hasta que se para quedando aplastada contra el asfalto. Me quedé frío, y un profundo sentimiento de tristeza totalmente nuevo y diferente, nada que ver con la tristeza que yo conocía, ni mejor ni peor, simplemente desconocida.
Desapareció la tarde del día 30 de Diciembre, en Lugo, en la residencia de ancianos de San Roque, lloviznaba. A día de hoy no hay todavía ningún rastro, sigue lloviendo en Lugo desde entonces, pero su teléfono siguió dando señal hasta ayer. Posiblemente uno de estos días luzca el sol, incluso mañana. Tiene 82 años, está bien, al menos lo estaba hasta ese día, pero caminaba ayudándose de un bastón, vamos, bien, pero no para echar a correr, buenas condiciones mentales, quizás no excelentes porque quién las tiene excelentes incluso con mucha menos edad en el mundo que vivimos.
Mi cabeza hecha humo de tanta actividad. Mil suposiciones, intento utilizar su lógica, ponerme en su pellejo, meterme en su realidad asimilando como propios sus muchos cambios en el último año. Dejó su casa para irse a una residencia. Sí, se ha ido con mi padre pero no deja de haber sido un gran golpe. Mucho tiempo para repasar su vida, su realidad, sus metas cumplidas, sus fracasos, sus éxitos, sus problemas de salud, los de mi padre, sus hijos…
Esa día, según mi padre, se había pasado la mañana probándose ropa y joyas, nunca dejó de ser coqueta salvo en épocas de depresión, le pidió pinturas y barra de labios que le trajo en poco tiempo. No le dio demasiada importancia. Yo sí se la doy, a mi me parece que pretendía ir a algún sitio, quizás algún viaje, pienso incluso que tuviera planeado venir a verme. Puede que estuvieran enfadados por alguna reciente discusión, la convivencia, ya se sabe, y en un lugar así pienso que todavía es más difícil. Puede que estuviera harta de vivir en la Residencia en la que no llevaba ni un año, eran sus primeras navidades fuera de su casa en toda una vida. Puede que tantas cosas… Pero seguía teniendo su casa, de hecho se llevó las llaves, o las de sus hijas, o la mía, o la de mi abuelo donde ella nació, junto al río Miño. ¿Por qué se ha ido sin decir nada? Puede haber perdido de repente la razón, puede que estuviera enfadada con todos y nos quisiera dar un escarmiento. ¡OHHH! Pueden ser tantas cosas. Todo suposiciones. No pienso todavía en que le haya pasado nada malo aunque también sé que se puede dar. Es raro que no la hayan encontrado en seis días ya, nadie la ha visto, la conocen pero hace días que no la ven.
En mi familia empiezan pensar en lo peor, pero yo siento que está bien. La siento feliz y más rebelde que nunca, pero ¿dónde?